domingo, 13 de julio de 2014
Oraciones
http://www.reinadelcielo.org/oraciones-de-sanacion-y-liberacion/
sábado, 21 de junio de 2014
Corpus Christi
Solemnidad
de Corpus Christi
Alimento para la eternidad
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 6, 51-58
Comentario del p. Luis Rivas
Dijo Jesús a los judíos:
«Yo soy el Pan vivo bajado del cielo. El que coma
de este Pan vivirá eternamente, y el Pan que Yo daré es mi carne para la vida
del mundo».Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?»
Jesús les respondió:
«Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del
hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes.
El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida
eterna, y Yo lo resucitaré en el último día. Porque mi carne es la verdadera
comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre
permanece en mí y Yo en él.Así como Yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí. Este es el Pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este Pan vivirá eternamente».
*****
El Maná del
desierto
El texto del Evangelio que se proclama en esta
solemnidad está tomado del largo capítulo de san Juan en el que se relata la
multiplicación de los panes y se reproduce el discurso que pronunció Jesús al
día siguiente en la sinagoga de Cafarnaúm. Después de la multiplicación de los
panes la multitud cruzó el lago de Galilea y se reunió en la Sinagoga, donde
los judíos se juntan para leer y explicar las Escrituras y para rezar. Por lo
que sigue a continuación en el Evangelio, se supone que allí han leído una parte
de la Biblia donde se relata cómo Dios alimentó milagrosamente a los
israelitas durante el tiempo en que estuvieron en el desierto. Se dice en el
libro del Éxodo que cuando estuvieron con hambre, el Señor les envió una comida
que caía del cielo, llamada el maná. La primera lectura proclamada en la Misa
de hoy, tomada de otro libro de la Biblia, alude al mismo alimento milagroso.
Los judíos preguntaron a Jesús sobre un Salmo de la
Escritura donde se refiere este hecho diciendo: "Les dio a comer el Pan del
cielo". Tomando este texto como punto de partida, Jesús los instruyó
explicándoles que aquel pan que habían recibido en el desierto no era verdadero
pan del cielo, ya que es un hecho conocido por todos que los que estuvieron con
Moisés en el desierto murieron después de algún tiempo, así como también murió
Moisés. Si el maná hubiera sido verdadero pan del cielo, les habría comunicado
la vida eterna. Con estas explicaciones Jesús provocó un interrogante:
¿Entonces cuál es el verdadero Pan del cielo del que hablan las Escrituras?
El Evangelio proclamado en esta Misa contiene la
última parte de la respuesta de Jesús. Son palabras que sorprenden y escandalizan
a los oyentes: Quien distribuye el verdadero pan del cielo no es Moisés sino
Dios, y el pan no es el maná sino el mismo Jesús: "Yo soy el Pan verdadero
que ha bajado del cielo". Y si estas palabras inesperadas resultaban
inaceptables para muchos, Jesús añadió: “El Pan... es mi carne”.
El Pan verdadero
Si por una parte los oyentes no podían aceptar que
este Jesús que ellos creían conocer se proclamara como Pan bajado del cielo,
por otra parte les parecía totalmente fuera de lugar que Él dijera que había
que comer su carne. ¿A quién no le produce repugnancia y horror el pensar en
comer carne humana? Esto se agrava cuando Jesús añade que se debe beber su
sangre. A los semitas en general, la idea de beber sangre les produce
repugnancia. Mucho más si se trata de beber sangre humana. El Antiguo
Testamento castigaba con la pena de muerte a quienes comieran la carne con su
sangre o simplemente bebieran sangre. Hasta el día de hoy los judíos comen la
carne desangrada.
De las enseñanzas de Jesús surgen las respuestas a
estas cuestiones que plantean los judíos. En primer lugar que Él es el Pan
verdadero. Esto significa que todo otro pan, también el milagroso que comieron
los israelitas en el desierto, es una figura. El pan que comemos diariamente
para saciar nuestra hambre y evitar la muerte es una figura de ese otro
alimento que nos envía Dios para que saciemos el hambre de vida eterna y
podamos vencer a la muerte para siempre.
Pero advirtamos que cuando utilizamos la palabra
‘Pan’ no nos estamos refiriendo sólo a esta sustancia alimenticia elaborada
con harina, sino que es un término común con el que se indica todo lo que el
ser humano necesita para vivir. Si tenemos esto en cuenta, las palabras de
Jesús resultan mucho más sorprendentes todavía.
Jesús viene desde el Padre y se ofrece a los hombres
para que lo reciban por medio de la fe. Aquellos que se abren a Él y lo
aceptan, creyendo en su Palabra y dejándose redimir, se alimentan de Jesús
porque reciben de Él la vida que proviene del Padre, y que es la vida eterna,
la que no tiene mezcla de mal ni puede conocer el límite de la muerte. Por esa
razón Él es pan, y es verdadero pan porque comunica una vida que dura para siempre.
Cuando decimos vida eterna tenemos que recordar que
no se trata de seguir viviendo largos y numerosos años como una continuación de
la vida que ahora llevamos. La vida eterna es la vida total, es el poder
alcanzar la totalidad de todos los bienes que ahora poseemos en pequeña medida:
vida, alegría, amor, sabiduría. Y todo esto sin mezcla de ningún mal, sin
envejecimiento ni enfermedades, y sobre todo, sin el sombrío límite que impone
la muerte. Por eso el pan de nuestra comida diaria es una figura: nos asegura
la vida terrenal, nos concede un poco más de tiempo en este mundo, pero no nos
puede dar de ninguna manera la vida eterna, es decir la vida total.
El Pan que es su
carne
Para los oyentes de Jesús resultaba inaceptable que
Él se presentara como un pan que alimenta con la vida eterna a quienes lo
reciben por la fe. Jesús les explicó que Él también es pan de otra forma,
porque tanto su carne como su sangre deben ser recibidas para poder tener la
vida eterna. Los oyentes reciben estas palabras con horror. Ellos piensan que
tienen que comer la carne de un cadáver y por eso no lo pueden admitir. Jesús
les dice entonces que la carne y la sangre que Él ofrece como comida y bebida
es la carne y la sangre del "Hijo del Hombre". "El Hijo del
hombre" es el nombre con el que Jesús se designa a sí mismo cuando se
refiere a su glorificación. Cuando dice que hay que comer la carne del
"Hijo del hombre" quiere decir que se trata de recibirlo a Él en su
condición glorificada. No es un cadáver, sino un cuerpo glorioso, que ya no
puede padecer ni se puede corromper.
Su carne es verdadera comida y su sangre es
verdadera bebida. Toda otra comida y toda otra bebida es una figura. La comida
y la bebida que Jesús ofrece son su carne y su sangre como carne y sangre de un
viviente que vive porque recibe la vida eterna que es propia del Padre, y todo
aquel que se alimente de la carne y de la sangre de Cristo se asegura esta
vida eterna. Quien no los reciba no tendrá esta vida.
La Eucaristía
Estas palabras solamente se entienden cuando se
tiene conocimiento y experiencia de lo que es recibir la Eucaristía. Al
participar de este sacramento recibimos un pan que es verdaderamente carne y
sangre de Cristo viviente.
Entre tantas cosas sorprendentes que tiene esta
enseñanza de Jesús, nos llama la atención que diga que los que reciben su carne
y su sangre tienen ya ahora la vida eterna. La vida eterna no es solamente
promesa para el futuro. Y ya se ha dicho que vida eterna es participar de la
vida que es propia de Dios. A los que comulgan se les ofrece ya desde ahora esa
vida que viniendo del Padre está en Cristo, y por lo tanto es un comienzo de
la felicidad plena que se da en el cielo. El Pan de la Eucaristía comunica el
amor de Dios, para que los creyentes que lo reciben sean capaces de dar la
vida por los hermanos, como lo hizo el mismo Jesús.
Todos los que comulgamos nos unimos en un solo
cuerpo con Jesús para poder vivir y amar como Él vive y ama. Lejos de encerrarnos
en nosotros mismos, la comunión tiene que abrirnos para amar la vida y amar
cada vez más a Dios y a nuestros hermanos. Amar de esa manera, hasta el
heroísmo, puede parecer algo tan imposible como vivir ya en la felicidad del
cielo a pesar de todas las tristezas y dolores que nos rodean. Pero toda esta
incapacidad humana queda superada cuando oímos que Jesús no nos ofrece
alimentos de este mundo, ni siquiera un pan milagroso como el maná, sino el
Pan verdadero que es su mismo cuerpo viviente, pleno de la vida de Dios.
La vida de los santos, el ejemplo de los mártires, e
incluso nuestra propia experiencia cuando nos alimentamos frecuentemente con
la Sagrada Comunión, nos hacen ver cómo la débil creatura humana puede llegar a
superarse a sí misma hasta realizar lo que para los hombres es imposible:
vencer el pecado para vivir en la santidad, destruir el egoísmo para entregarse
generosamente a practicar el amor a los demás, vivir intensamente la alegría
de la unión con Dios hasta el punto de no perder esta alegría ni siquiera en
medio de los tormentos más crueles. Y si esta es la fuerza que nos comunica en
este mundo el Pan verdadero, podemos estar seguros de que con ese Pan también
estamos recibiendo la vida que dura para siempre.
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Imágenes de la Misa y Procesión en Jujuy
La Misa fue después del partido... no hubo tiempo para cambiarse...!
jueves, 5 de junio de 2014
Ven, Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida
Vigilia
de Pentecostés
Comentarios de Mons. Luis Rivas
Manantiales de Agua Viva
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 7, 37-39
El último día de la fiesta de las Chozas, que era el más solemne, Jesús, poniéndose de pie, exclamó:
«El que tenga sed, venga a mí; y beba el que cree en mí».
Como dice la Escritura: «De sus entrañas brotarán manantiales de agua viva».
Él se refería al Espíritu que debían recibir los que creyeran en Él. Porque el Espíritu no había sido dado todavía, ya que Jesús aún no había sido glorificado.
*****
La fiesta de las Chozas (que se traduce también
Tiendas, o Cabañas, o Tabernáculos), constituía la fiesta más alegre de las que
se celebraban en el Templo de Jerusalén. Israel había modificado y adaptado a
su fe una fiesta pagana que originalmente se celebraba cuando terminaba la
recolección de los frutos, al final del verano (que corresponde al principio de
la primavera en nuestro país). En esas circunstancias, es comprensible que la
gente estuviera viviendo fuera de sus casas, en rústicas chozas o carpas
levantadas en los lugares donde recogían los frutos, y que el final de los
trabajos se celebrara alegremente con cantos, bailes y otras exteriorizaciones
menos santas. Dentro de ese marco se realizaba también el rito de derramar agua
sobre la tierra invocando a los dioses para que concedieran la lluvia en tiempo
oportuno.
Pero el pueblo judío la había transformado en una
fiesta religiosa. La vida campestre en cabañas o carpas había recibido otro
significado: recordaba los años que Israel pasó en el desierto viviendo en
carpas antes de llegar a la tierra prometida. Era también una fiesta del
Templo. Todos los israelitas concurrían al Templo durante los ocho días que
duraba esta fiesta, en la que se destacaban la alegría y la luz. El Templo, y
desde él toda la ciudad, quedaba muy iluminado durante toda la noche, y en sus
atrios se bailaba. También se realizaba una solemne procesión hasta la piscina
de Siloé para sacar agua que luego era derramada sobre el altar. Era un
resabio de los ritos paganos, pero que se celebraba con un nuevo sentido acorde
a la religión de Israel. De más está decir que el clero de Jerusalén no miraba
con buenos ojos estas celebraciones -en las que se veía obligado a participar-
porque significaban el triunfo de la religiosidad popular sobre la
institucional.
En la actualidad es posible ver en algunas ciudades
que durante los días de esta fiesta las familias judías construyen chozas con
ramas en las terrazas y en los balcones, y se reúnen en ellas para tener sus
actos religiosos y también para conversar o tomar mate.
El autor del evangelio indica con precisión que las
palabras de Jesús que se transmiten en la lectura de hoy fueron pronunciadas
en el último día de la fiesta, el más solemne de todos. Debemos ubicarnos
entonces en el atrio del templo, en momentos en que pasa la procesión que va a
la piscina de Siloé. El pueblo va con ramas de árboles y frutos en las manos,
cantando el salmo: "Sacarán agua con alegría de las fuentes de la salvación...",
mientras que el sumo sacerdote preside la procesión llevando un recipiente de
oro que es llenado con agua en la fuente. Se vuelve después al templo y el agua
es derramada sobre el altar. Si el gesto es igual al de los paganos, el sentido
es muy diverso: se piden los bienes de la salvación simbolizados en el agua.
En ese contexto se ubica el grito de Jesús, que
presentándose como la fuente, invita a beber de Él mismo. Llama a todos los
que tienen sed, es decir a todos los que experimentan la necesidad de la
salvación. La figura de la sed, que aquí se usa, es muy elocuente para quienes
conocen el paisaje de oriente. Pensemos en un terreno reseco, donde muy rara
vez cae la lluvia, o en un viajero que se aventura a atravesar el desierto. En
uno y otro caso la sed es sinónimo de muerte.
La condición del ser humano sin Cristo se puede
resumir muy bien en la palabra "muerte". Esa es la situación en la
que quedó Adán: "de polvo eres y al polvo volverás". Todo lo que
ensombrece la historia de la humanidad siempre tiene que ver con la muerte.
A esto responde Jesús: Él ha venido para que todos
tengan vida y la tengan en abundancia. Por eso invita a beber del Espíritu que
brota de su cuerpo glorificado. El Espíritu es la vida de Dios, y de esa vida
abundante y que no tiene fin podrán beber todos los humanos que crean que
Jesucristo es el Hijo de Dios y se acerquen a Él. Al hablar de esta vida del
Espíritu, que es la vida divina, se debe excluir todo aquello que pone límites,
barreras y negaciones a la vida humana, como es el dolor, la enfermedad, la
miseria... Por eso Jesús dice que es "vida en abundancia".
Cuando llegue el momento de
la muerte de Jesús, el evangelista san Juan utilizará una palabra muy
significativa para expresarlo. No dirá que murió, ni que expiró, sino recurrirá
a un término que tiene distintos sentidos, como para decir todo a la vez:
"entregó el espíritu". De esa forma el lector entiende que entregó su
vida (en este caso en castellano escribimos "espíritu" con
minúscula), y también que es el momento en que entrega el Espíritu Santo al
mundo (en este otro caso lo escribimos con mayúscula). Inmediatamente después,
el soldado golpeará el costado de Jesús con su lanza y de su herida brotará
sangre y agua. Con esta imagen muestra al Señor como la fuente de la que brota
el Espíritu Santo, cumpliendo lo que se había preanunciado en el evangelio que
se lee en esta vigilia de Pentecostés.
Domingo
de Pentecostés
El soplo que da la Vida
Evangelio de nuestro Señor Jesucristo según san Juan 20, 19-23
Al atardecer del primer día de la semana, los
discípulos se encontraban con las puertas cerradas por temor a los judíos.
Entonces llegó Jesús y poniéndose en medio de ellos, les dijo: «¡La paz esté
con ustedes!»
Mientras decía esto, les mostró sus manos y su
costado. Los discípulos se llenaron de alegría cuando vieron al Señor.Jesús les dijo de nuevo:
«¡La paz esté con ustedes! Como el Padre me envió a mí, Yo también los envío a ustedes».
Al decirles esto, sopló sobre ellos y añadió:
«Reciban el Espíritu Santo. Los pecados serán perdonados a los que ustedes se los perdonen, y serán retenidos a los que ustedes se los retengan».
*****
Tratemos de imaginar cómo se encontraban los
discípulos de Jesús después de la crucifixión del Señor. El Evangelio de San
Juan nos dice que estaban "con las puertas cerradas por temor".
Tristeza, miedo, desorientación y duda serían algunas de las características
más sobresalientes de ese primer domingo de Pascua.
La escena se transforma en un instante cuando
aparece Jesús resucitado: Él les da la paz y ellos se llenan de alegría. Para
que no quede lugar a dudas les muestra las heridas de los clavos en sus manos y
la abertura que ha dejado la lanza en su costado. La paz, la alegría y la
seguridad son las primeras consecuencias de la presencia de Jesús.
Todo podía haber terminado ahí: una vez recuperada
la tranquilidad, quedarse todos juntos como buenos amigos celebrando la
resurrección de Jesucristo y gozando de su compañía. Pero Jesús añade unas
palabras que abren una nueva perspectiva a la vida de sus discípulos:
"Como el Padre me envió, así los envío yo a ustedes". Los apóstoles
no tienen que quedarse encerrados, sino que tienen que salir al mundo: para
eso son enviados como el mismo Jesús fue enviado por el Padre.
Como ya se ha dicho en otro momento, la palabra
‘como’ que aparece en la frase de Jesús ("como el Padre me envió, yo los
envío a ustedes"), tiene el sentido de una comparación y al mismo tiempo
de una fundamentación: el acto por el que Jesús envía a los discípulos se
produce porque el Padre lo ha enviado a Él. El Padre ha enviado a Jesús, y la
fuerza de ese envío llega a todos los discípulos por medio de Jesús.
Jesús no era de este mundo, pero Dios, por el gran
amor que tiene a los hombres, lo envió para que nos hiciera conocer al Padre y
nos llevara hacia Él, para que nos liberara de la esclavitud del pecado y nos
hiciera hijos de Dios, para que nos quitara el temor de la muerte y nos hiciera
gozar de la vida eterna.
Jesús transmite ahora esa misma misión a sus
discípulos. Es la misma misión originada en el mismo amor de Dios. Pero Cristo
pudo llevarla a cabo porque estaba unido con el Padre: Él dijo claramente:
"Yo y el Padre somos uno". Jesús contaba con la vida y con la fuerza divina
para realizar esta obra de salvar a los hombres. Los discípulos podrán decir:
"Esta no es una obra que esté a nuestro alcance. No tenemos fuerzas suficientes".
Por esta razón Jesús sopló sobre ellos y dijo:
"Reciban el Espíritu Santo". Cuando Dios creó al primer hombre, sopló
sobre él y de una estatua de barro se formó un hombre viviente. El soplo de
Dios es vida, y puede vivificar un trozo de barro.
El Espíritu Santo
A estos discípulos débiles y frágiles como el barro,
Jesús los transforma soplando sobre ellos la vida de Dios. El Espíritu Santo
que ellos reciben en ese momento es uno solo con el Padre y con el Hijo: es una
persona de la Trinidad y representa la Vida, la Fuerza, el Amor de Dios. Así
como el Padre nos dio a su Hijo como Redentor, ahora entrega el Espíritu Santo
para que dé vida, fuerza y amor a los creyentes.
El Espíritu Santo es dado para que actúen. Por eso,
de todas las obras que tienen que realizar los discípulos enviados por Jesús,
en el Evangelio se menciona una sola que parece ser la que de ninguna manera
puede ser llevada a cabo por un simple hombre, la de perdonar los pecados.
"¿Quién puede perdonar los pecados, sino solamente Dios?", dijeron
una vez aquellos hombres que oyeron a Jesús perdonando los pecados. Ahora
Jesús les concede este poder a los hombres, lo que equivale a decir que les
está otorgando el poder de hacer cosas que solamente pueden ser hechas por
Dios. Y si algunos hombres pueden perdonar los pecados es porque han recibido
este Espíritu Santo que es el mismo Dios.
El Espíritu de Dios, el Espíritu Santo que da vida
al barro, es el único capaz de envolver a un pecador y convertirlo en un Santo.
Cuando los hombres perdonamos a nuestros hermanos lo hacemos olvidando las
ofensas o los delitos que los otros han cometido. En cambio cuando Dios perdona
hace mucho más que olvidar: transforma al delincuente en un hombre justo, el
fuego de Dios hace desaparecer totalmente el pecado cometido, es un nuevo acto
de creación, es como comenzar a existir otra vez. Tenían razón los que decían:
" ¿Quién puede perdonar los pecados sino solamente Dios?", porque los
hombres que pueden perdonar los pecados lo hacen una vez que han recibido el
Espíritu Santo, que actúa en estos hombres para que de distintas maneras
perdonen los pecados administrando los Sacramentos y anunciando la palabra de
Dios en la Iglesia.
Esos discípulos que unos momentos antes estaban
encerrados, llenos de miedo, quedaron transformados al recibir el Espíritu
Santo. Olvidaron el temor y la tristeza, y con valor y alegría salieron a
cambiar el mundo anunciando el Evangelio por todas partes. Ni las amenazas, ni
las cárceles, ni las torturas y el martirio fueron suficientes para hacerlos
callar porque hablaban y actuaban impulsados por el Espíritu Santo que es
fuerza, vida y amor de Dios.
Envía, Señor, tu
Espíritu
Si miramos a nuestro alrededor no será difícil
descubrir que muchos viven como los discípulos de Jesús en los primeros días
después de la crucifixión del Señor. Los discípulos habían sido testigos del
juicio en el que Jesús fue condenado a muerte y ahora tenían miedo de que
también a ellos les pudiera suceder lo mismo. Por eso no salen a la calle, no hablan
en público, no se muestran ni se dan a conocer. En la actualidad ese mismo
temor existe en muchos que se llaman cristianos. Algunos viven encerrados,
temen las burlas o las falsas acusaciones, temen ser perseguidos por vivir
cristianamente, temen perder la seguridad que les da el vivir de acuerdo con un
mundo que no se comporta conforme a la voluntad de Dios. Este temor les hace
asumir actitudes contradictorias, opuestas al nombre de cristiano. Reducen su
vida cristiana a todo lo que es oculto, a lo que se hace en el secreto del
corazón o en la penumbra de una iglesia. Pero en la vida cotidiana nada hacen
que los pueda hacer aparecer como discípulos de Jesús.
Otros viven sumergidos en la tristeza. Los
acontecimientos de la vida, los sufrimientos personales, las noticias de lo que
pasa en el mundo, los temores de lo que puede pasar en el futuro, tienen tanta
fuerza que han logrado apagar en ellos la alegría cristiana. Siempre viven
tristes, todo lo juzgan negativamente y el pesimismo parece ser la norma por la
que se rigen para pensar, hablar y actuar.
Y por último están aquellos que viven totalmente
desorientados. Ante las circunstancias adversas que les ha tocado vivir o ante
algún fracaso que se les ha presentado, ya no saben para donde mirar. Todo les
parece oscuro y difícil, no encuentran el camino e ignoran el valor que puede
tener la vida, el trabajo o cualquier otra cosa que tengan que realizar.
El temor, la tristeza y la desorientación se disipan
con la presencia de Cristo resucitado. El evangelio nos dice que los discípulos
se llenaron de alegría cuando vieron al Señor. El mismo Jesús les dijo por dos
veces que les daba la paz, esa paz que significa tranquilidad, felicidad, plena
posesión de todas las bendiciones que Dios ha prometido a los hombres.
Pero sobre todo desaparece el temor, la tristeza y
la desorientación cuando Cristo otorga el Espíritu Santo. El soplo de Dios
tiene tal fuerza que puede hacer desaparecer los temores, las tristezas y las
desorientaciones de los hombres, y en su lugar crea seguridad, alegría, firmeza
y decisión.
El barro que se
transforma
Los que no se atreven a manifestarse como cristianos
porque tienen miedo al "qué dirán" o a las reacciones de los demás,
aquellos que no se animan a asumir una actitud plenamente cristiana porque se
sienten muy cómodos en su tibieza o en su pecado, los que no se atreven a
sufrir por Cristo, tienen que pedir insistentemente que se les conceda la
gracia de recibir el Espíritu Santo en esta fiesta de Pentecostés. El Espíritu
Santo los llenará de una fuerza desconocida que los transformará como
transformó a los Apóstoles.
También los tristes deben pedir la venida del
Espíritu Santo porque así sentirán que su tristeza se convierte en alegría. El
Espíritu Santo les hará ver que el dolor, el sufrimiento y la misma muerte no
carecen de sentido para un cristiano. Cuando Jesús se manifestó resucitado a
sus discípulos les mostró ante todo las llagas de sus manos y la herida del
costado: a partir de ese momento los discípulos comprendieron que lo que ellos
habían interpretado como un fracaso, ante los ojos de Dios era un triunfo; que
los dolores y la muerte son como un camino por el cual Dios nos hace ir hacia
la gloria de la resurrección. Si para los hombres sin fe el dolor carece de sentido,
para quien cree en la resurrección de Jesús los sufrimientos tienen valor
porque se unen a los de Cristo en la cruz. El dolor no desaparece, pero
adquiere un sentido. Dicho de otra forma, el cristiano no puede pensar en el
sufrimiento sin pensar al mismo tiempo en la gloria y la alegría de la
resurrección. Y esto mismo es lo que hace encontrar el rumbo a los
desorientados.
Enviados como
Jesús
El soplo de Dios es capaz de transformar una estatua
de polvo en un hombre viviente, puede cambiar a los débiles y temerosos
discípulos en ardientes e intrépidos misioneros que llegan a derramar su propia
sangre por anunciar el Evangelio. El Espíritu Santo provoca en nosotros un
nuevo nacimiento haciéndonos nacer como hijos de Dios; se puede decir que
recibir el Espíritu Santo es como ser creados de nuevo.
El Espíritu Santo nos hace hijos de Dios y al mismo
tiempo nos hace tomar conciencia de nuestra condición de hijos. Es el mismo
Espíritu el que en nuestro interior nos mueve para que recemos y podamos
invocar a Dios como Padre. El Espíritu Santo enriquece nuestra vida, nos hace
valorar nuestro trabajo, nos hace tomar en consideración la vida de los demás.
Si el Espíritu Santo nos da una nueva vida esto
significa que nos da también un nuevo dinamismo. Al recibir al Espíritu nos
comprometemos en la misma misión de Cristo: así como el Padre lo envió a Él,
ahora somos enviados nosotros. El amor de Dios nos impulsa por medio del
Espíritu para que salgamos a transformar el mundo.
Todo lo que el Espíritu Santo hizo en el grupo de
los Apóstoles, ahora lo vuelve a realizar en nosotros, y a través de nosotros
lo quiere hacer en todo el mundo. A un mundo envejecido, desilusionado y
triste hay que llevarle la presencia del Espíritu Santo para que lo
rejuvenezca, le dé nueva fuerza y alegría. Pero para eso hacen falta apóstoles
dinámicos y valientes, testigos de Cristo que vivan bajo la fuerza del
Espíritu, y no estatuas de barro que se deshagan ante la primera contrariedad.
El Espíritu y
nuestra misión
La donación del Espíritu Santo no se limita al
momento en que lo recibieron los apóstoles en la tarde del primer domingo de
resurrección. Jesús sigue entregando el Espíritu a su Iglesia, y este Espíritu
hace que los cristianos lleguen a ser testigos. La fuerza del Espíritu obra en
los hombres y les hace experimentar el amor del Padre expresado en Cristo, para
que todos puedan hablar de lo que "han visto y oído", y actúen como
verdaderos testigos y no como repetidores de cosas aprendidas en los libros o
dichas por otros.
El Espíritu Santo actúa en los cristianos para
hacerlos verdaderos evangelizadores, y también despliega su fuerza en la Iglesia
y en sus ministros para que mediante los sacramentos puedan hacer renacer a
los hombres a la vida divina y alimenten y acrecienten esa misma vida.
Finalmente, la presencia del Espíritu que une con
Cristo y con el Padre es la que mantiene unidos a los cristianos en una sola
Iglesia y la que da impulsos a los que están separados para que busquen la
unidad.
La fiesta de Pentecostés nos llama a reunirnos en
torno a Jesús para que le pidamos insistentemente el Espíritu Santo. Pidamos
el Espíritu Santo que nos capacite para ser evangelizadores, viviendo la vida
de hijos de Dios y acompañando a los demás hombres para que lleguen a ser participantes
de esa misma vida. Esto es lo que hizo Jesús y nos dejó como tarea a los
cristianos. "Harán las mismas obras que yo he hecho, y las harán también
mayores" dijo el Señor.
Pidamos el Espíritu Santo que nos una con Dios y
también entre nosotros. Pidamos el Espíritu que haga cesar todas las divisiones
entre los hijos de Dios. El Espíritu es el que da la unidad, y tenemos que
disponernos para recibirla. Pidamos el Espíritu que reavive cada día más el
ímpetu misionero de la Iglesia, para que todos los hombres puedan llegar a ser
hijos de Dios.
¡Que el Espíritu Santo
descienda abundantemente sobre toda la Iglesia para que no desfallezca en su
misión de llevar una nueva vida al mundo entero!
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