lunes, 22 de marzo de 2010

Comunicándonos...

Muchas gracias por los comentarios! Que el Señor los bendiga y la Madre los guíe siempre a Jesús.
Quiero pedirles a todos una fe constante, cierta; la oración perseverante de unos por otros, y si tienen algún testimonio concreto de lo que el Señor ha hecho en alguno de ustedes, nos ayudará mucho compartirlo y agradecerle por su Amor. Envíenlo para la gloria de Dios y también enriquecer la fe de los hermanos. Desde aquí podemos hacer algo vivo, animar grupos de oración, discernimiento, intercesión, poner intenciones, preguntas, también hacer aportes, etc. Expresemos lo que necesitamos con mucha fe y reconozcamos al Amor de Dios. Porque de la abundancia del corazón habla la boca. Conocemos el corazón de las personas teniendo en cuenta lo que sale de su boca. Quiero que sepan que oro por todos ustedes, y los tengo presente en la Misa diaria, especialmente a aquellos con quienes compartimos la fe y la vida en los distintos lugares en que me tocó estar.
¡Muchas gracias, los quiero mucho! ¡Recen ustedes también por mí! P. Luis

viernes, 19 de marzo de 2010

San José


"Jacob fue padre de José, el esposo de María, de la cual nació Jesús, que es llamado Cristo. Jesucristo fue engendrado así: María, su madre, estaba comprometida con José y, cuando todavía no habían vivido juntos, concibió un hijo por obra del Espíritu Santo. José, su esposo, que era un hombre justo y no quería denunciarla públicamente, resolvió abandonarla en secreto. Mientras pensaba en esto, el Ángel del Señor se le apareció en sueños y le dijo: 'José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa, porque lo que ha sido engendrado en ella proviene del Espíritu Santo. Ella dará a luz un hijo, a quien pondrás el nombre de Jesús, porque él salvará a su pueblo de todos sus pecados'. Al despertar, José hizo todo lo que el Ángel del Señor le había ordenado." (Mt 1,16.18-21.24)

"Hermanos: la promesa de recibir el mundo en herencia, hecha a Abraham y a su posteridad, no le fue concedida en virtud de la Ley, sino por la justicia que procede de la fe. Por eso, la herencia se obtiene por medio de la fe, a fin de que esa herencia sea gratuita y la promesa quede asegurada para todos los descendientes de Abraham, no sólo los que lo son por la Ley, sino también los que lo son por la fe. Porque él es nuestro padre común, como dice la Escritura: 'Te he constituido padre de muchas naciones'. Abraham es nuestro padre a los ojos de aquel en quien creyó: el Dios que da la vida a los muertos y llama a la existencia a las cosas que no existen. Esperando contra toda esperanza, Abraham creyó y llegó a ser padre de muchas naciones, como se le había anunciado: 'Así será tu descendencia'. Por eso, la fe le fue tenida en cuenta para su justificación".
(Rom 4, 13. 16-18 .22)


Nuestra mirada se dirige ahora a San José.
Quisiera en esta fecha contemplar su figura y su corazón. El Evangelio nos dice sobre él muy poco en cantidad, pero mucho para contemplar.
Era un hombre justo: y ¡su justicia se manifiesta en no denunciar públicamente a María! Al resolver abandonarla en secreto, prefiere asumir sobre sí desde la fe en el Padre infinitamente bueno, todo el misterio que, en ese momento, es incomprensible.
Sin salida más que huir, el Señor le manifiesta su deseo: "José, hijo de David, no temas recibir a María, tu esposa... "
El Señor quiere sanarlo del miedo, de la angustia, de la incertidumbre, y afirmarlo en la misión única en la historia de la Salvación:
- Ser esposo de María, la que no le será quitada, aunque ella sea la Llena de Gracia;
- Ser padre, ejercer la paternidad en Jesús: en esto consiste la autoridad de ponerle el Nombre;
- Ser así, la "sombra del Padre", un reflejo en esta tierra del Altísimo, del Padre Eterno.
Como remarca Juan Pablo II en la exhortación apostólica "Redemptoris Custos" (El custodio del Redentor), "José tomó a María en todo el misterio de su maternidad; la tomó junto con el hijo que llegaría al mundo por obra del Espíritu Santo, demostrando de tal modo una disponibilidad de voluntad, semejante a la de María, en orden a lo que Dios le pedía por medio de su mensajero."
Y además, José no discute, sino que hizo lo que el ángel le había manifestado: "en honor a la verdad, José no respondió al "anuncio" del ángel como María; pero hizo como le había ordenado el ángel del Señor y tomó consigo a su esposa. Lo que él hizo es genuina 'obediencia de la fe' (Rom 1,5; 16,26; 2 Cor 10, 5-6).
Se puede decir que lo que hizo José le unió en modo particularísimo a la fe de María. Aceptó como verdad proveniente de Dios lo que ella ya había aceptado en la Anunciación."
Es la fe lo que impulsa a José. Más aún que Abrahám, San José es nuestro Padre en la fe, es justo porque ha sido justificado por su fe, ha sido amado, sanado, salvado. En Cristo es nuestro Padre adoptivo.
Resalta el silencio de José, ni una palabra... José calla, sufre, espera, obedece, cree... porque verdaderamente ama.

José puede interceder por nosotros para que el Señor nos sane una gran herida de indignidad referente a Dios que nos hace malinterpretar la misión, y que el maligno aprovecha para envenenar el alma:
- Ser considerados instrumentos de Dios... ser usados por Dios (es el lenguaje que usamos), pero... ¿y yo? ¿Qué pasa conmigo? Porque veo lo que el Señor hace, pero soy un espectador... ¿Y conmigo qué hace? ¿Y mi vida? ¿Y mi afecto, mis sentimientos, mis necesidades...? ¿Y yo? ... y como éstas, muchas preguntas más en este sentido. Quizá el silencio de José ayude a nuestro corazón a hacer silencio para recibir el Amor de Dios que es su Espíritu Santo.
Es ésta gran herida que tenemos que pedir al Señor que sane: el servir a Dios, sin antes sabernos y sentirnos elegidos y amados por él. Es algo parecida a la gran herida del hijo mayor en la parábola del hijo pródigo, que no se da cuenta que es hijo y no obrero de su Padre.
Pero también es una herida que traemos desde el vientre materno por todo tipo de falta de amor, por no habernos sentido "elegidos" y "llamados" (vocacionados) desde el amor, para la vida. Y además, proyectamos esa herida a la imagen de Padre Dios en nuestra vida.
De aquí nuestra necesidad tan grande de luz, de amor, de llenar con el Espíritu del Señor todas las áreas de nuestra vida en esta área tan profunda que es la herida de identidad, de indignidad, herida de vida.
Necesitamos un camino de oración constante, permanente, entregarle al Señor toda nuestra vida para que él la llene de su amor.
Y también pedirle la gracia de experimentar su amor en toda acción apostólica, de tener una fe tan viva que descubramos los signos de su amor.
- El silencio de José abarca toda su vida. Nada de espectacularidad ni grandilocuencia. Su vida pasa en lo ordinario de todos los días... él sólo es visto como "el carpintero". Desde el punto de vista de su realización personal el silencio de José tiene mucho para decirnos. Es que hoy se busca el éxito a toda costa, por cualquier medio, y muchas veces se confunde ese "éxito", con la Vocación y Misión, se confunde la "opinión pública", con la realidad del silencio del corazón, en donde Dios obra su misericordia.

Quisiera también tomarme una licencia para imaginar la muerte de José, junto a María y a Jesús. También silencio. Pero ese tránsito, esa comunión, ese desgarro de la carne... queda en el misterio. San José es el Patrono de la Buena Muerte. También necesitamos pedir su intercesión por nuestras heridas con la muerte: opciones inconcientes de muerte, pérdidas de nuestros seres queridos, rupturas, desgarros del corazón...
- San Bernardino de Siena nos dice: "hemos de suponer, sin duda alguna, que aquella misma familiaridad, respeto y altísima dignidad que Cristo tributó a José mientras vivía aquí en la tierra, como un hijo con su padre, no se la ha negado en el cielo; al contrario, la ha colmado y consumado". En esto radica nuestra consagración a San José, como también nuestra consagración a María: estar tan unidos a Jesús, que ellos nos cuiden como a Jesús.

José, que tu silencio sea oración intercesora que caiga como rocío de bendiciones en nuestras vidas. Te nececitamos, papi... guardanos, cuidanos, ruega por nosotros, y pedile al Señor que nos sane y libre de todo mal. Amén


jueves, 18 de marzo de 2010

Sáname mi Señor


Gracias te damos, Señor Dios omnipotente,
el que eres y el que eras,
porque has asumido el gran poder
y comenzaste a reinar.
Se encolerizaron las naciones,
llegó tu cólera,
y el tiempo de que sean juzgados los muertos,
y de dar el galardón a tus siervos los profetas,
y a los santos y a los que temen tu nombre,
y a los pequeños y a los grandes,
y de arruinar a los que arruinaron la tierra.

Ahora se estableció la salud y el poderío,
y el reinado de nuestro Dios,
y la potestad de su Cristo;
porque fue precipitado
el acusador de nuestros hermanos,
el que los acusaba ante nuestro Dios día y noche.

Ellos le vencieron en virtud de la Sangre del Cordero
y por la palabra del testimonio que dieron,
y no amaron tanto su vida que temieran la muerte.
Por esto, estén alegres, cielos,
y sus habitantes.

Cántico del Apocalipsis 11,17-18; 12,10b-12a
Vísperas del Jueves IV - Lit. de las Horas